"Mis errores me siguen torturando" Paul Auster

El libro de Paul Auster llega a las librerías españolas el 1 de febrero.
ÁLEX VICENTE  – NUEVA YORK
El escritor Paul Auster publica ‘Diario de invierno’, un libro autobiográfico donde reexamina toda su vida ante la llegada de la vejez

El libro de Paul Auster llega a las librerías españolas el 1 de febrero. José Colón

Paul Auster cumplirá 65 años dentro de dos semanas, pero ya logra distinguir la muerte a la vuelta de la esquina. Así lo cuenta en su nuevo libro, Diario de invierno (Anagrama), un volumen autobiográfico en el que rememora capítulos de una vida que se ha visto obligado a reexaminar tras la llegada de lo que considera el arranque de la vejez. El libro llegará el 1 de febrero a las librerías españolas, mucho antes que en su propio país, donde no aparecerá hasta después del verano. Durante una jornada prenavideña envuelta en la niebla, el escritor nos abrió las puertas de su casa de Park Slope, el rincón residencial de Brooklyn que escogió como residencia hace más de tres décadas. Un par de días más tarde, tras un otoño inusualmente primaveral, la nieve empezó a caer sobre Nueva York.

La meteorología es uno de los temas recurrentes en el libro. ¿Le afectan los cambios de tiempo y de estación?

“Es un libro sobre mi cuerpo, sobre el placer y el dolor que uno siente”

Soy muy sensible al tiempo, como la mayoría de gente. El tiempo es un tema neutro del que habla todo el mundo, en todos los rincones del planeta, porque no requiere una conexión emocional con tu interlocutor. Y, al mismo tiempo, diría que existe algo más profundo al respecto. El tiempo es una de las pocas cosas que el ser humano no puede controlar. Es el universo el que decide si brillará el sol o si caerá una lluvia torrencial. Hablar del tiempo es algo que nos une como especie. Es como decir: “Yo soy humano y tú eres humano”.

Expone su intimidad con una valentía infrecuente para un escritor de su estatus. ¿No era reticente a contar tanto?

No me daba ningún miedo ser honesto. Todos somos seres humanos y mis experiencias son como las de cualquiera. Incluso la pérdida de mi virginidad en ese lúgubre burdel neoyorquino que describo en el libro. A mí me parece una historia bastante cómica, con la que seguro que muchos lectores se identificarán. Cuando practicas sexo por primera vez, eres un crío que ni siquiera sabe dónde queda cada cosa. Es algo que cuesta un tiempo aprender [risas]. De lo que estoy hablando es de lo que se siente al estar vivo. No creo que mi historia sea tan diferente.

“La escritura no es ninguna terapia. Como mucho es una enfermedad”

Pues, a ratos, se diría que pretende celebrar una existencia que no acaba de ser tan corriente como las demás. ¿Está de acuerdo?

No escribí este libro para vanagloriarme sobre lo que he vivido. No tiene nada que ver con eso. De verdad, mi vida no ha sido excepcional. Lo que ha sido es afortunada. No he conocido la guerra. Mi ciudad nunca ha sido bombardeada o invadida. Nadie ha matado a mis padres con un fusil en medio de la calle. No he sido víctima de una plaga o epidemia. Me he podido ahorrar todas las cosas que son capaces de arruinar una vida.

¿Por eso el contexto histórico esta ausente del libro, como si la historia en mayúsculas no hubiera contado en su vida?

“Cuando termino un libro, siempre me siento decepcionado”

No exactamente. No creo que este libro sea una historia detallada de mi vida, ni tampoco de mis ideas. No hablo de mis años de formación como escritor, ni de mi papel como padre, pese a haber tenido dos hijos. Se trata de un libro sobre mi cuerpo, sobre los placeres y los dolores que uno siente viviendo dentro de él. Si hablo de mi mujer, es porque mi cuerpo duerme junto al suyo todas las noches. Si me expreso sobre mi madre, es porque fue ella quien dio a luz a mi cuerpo. Si describo las casas donde he vivido, es sólo porque han albergado a mi cuerpo.

Entonces, ¿no lo considera una autobiografía en sentido estricto?

Son fragmentos autobiográficos, pero no se trata de un relato preciso sobre toda mi existencia. ¿Que por qué elegí mi cuerpo como hilo conductor? Supongo que me pareció interesante. Me dije que nunca había leído un libro como este. Sé que eso no lo convierte automáticamente en un buen libro [risas]. Pero me pareció que, por lo menos, sería distinto. Hacía unos diez años que pensaba en escribir algo así, más o menos desde que sufrí un ataque de pánico en la cocina. Me di cuenta de que ese ataque formaba parte de una historia más larga en la que me apetecía indagar. Fue una experiencia muy violenta. Resultó aterrador que mi cuerpo me pudiera hacer algo así sin previo aviso. Cuesta borrarlo algo así de tu memoria. Es una experiencia de la que nunca terminas de desprenderte del todo.

“¿No queremos todos ser héroes en nuestras vidas?”

¿Cómo se explica ese ataque de pánico?

He tratado de hacer una lista de los factores que explican lo que sucedió, pero todavía no lo acabo de entender del todo. He sufrido muchas otras noches de insomnio, he bebido demasiado muchas otras veces y he tomado demasiado café muchas otras mañanas de mi vida. Así que estoy convencido de que también existen razones psicológicas que contribuyeron a ello.

¿Buscó ayuda para entenderlas?

“He entrado en el invierno de mi vida. Me acerco al final”

¿De un profesional? No lo hice, aunque tal vez hubiera ayudado.

¿Prefirió resolverlo escribiendo?

Escribir nunca me ha servido para resolver nada. La escritura no es ninguna terapia. Como mucho es una compulsión o una enfermedad. Nunca he entendido por qué alguien querría dedicarse a esto, excepto si tiene el sentimiento de que resulta absolutamente necesario. Lo único que puedo decir para justificar mi trabajo es que, durante las últimas tres décadas y media, he dado todo lo que tenía. Lo he hecho lo mejor que podía cada día de mi vida. Incluso cuando todo lo que he escrito durante un día ha terminado en la basura, me he podido levantar del escritorio y decirme a mí mismo: “Por lo menos no has hecho trampas”. Pero se trata de una profesión extraña. Sentarse en una habitación y pasar todo el día solo no es algo que la mayoría de personas quieran hacer con su vida. La gente quiere estar ahí afuera, con los demás, haciendo cosas juntos.

Se reprocha sin cesar haber dejado de ser “un tipo duro”. ¿Por qué le costó aceptarlo?

El ataque de pánico fue la primera señal. Siempre he sido un tipo robusto y atlético. He sido una de esas personas que nunca se ponen enfermas y que no se cansan casi nunca. Siempre me he sentido fuerte, física y mentalmente. Pero entonces te haces mayor y empiezan a pasarte cosas que no entiendes. El 3 de febrero cumpliré 65 años. Es como si no fuera posible que me haya hecho tan mayor.

En el libro, no deja de describirse como un anciano, cuando en realidad nadie lo ve tan mayor. 65 años no es tanto.

Claro, todavía estoy razonablemente bien. Y no voy en silla de ruedas, pero ya veremos cómo termina todo esto. Vuelva dentro de diez o 15 años y entonces a ver si dice lo mismo [risas]. Además, la gente que dice que no aparento 65 años no me conoce. Sólo han visto una fotografía en la solapa del libro, que en muchos casos fue tomada hace un par de décadas

También parece torturado por sus errores del pasado. ¿No ha sido capaz de perdonárselos?

Me atormentan los momentos en los que no he sido capaz de actuar como esperaba de mí mismo. Esos errores de comportamiento y de apreciación me siguen atormentando. Me hacen pensar que no soy el gran hombre que siempre creí ser.

¿Tiene que ver con el modelo de masculinidad de su generación, que no permite ninguna vulnerabilidad a los hombres?

Puede ser. Pero, ¿no queremos todos ser héroes en nuestras vidas? ¿No quiere serlo usted? Siempre he intentado vivir mi vida de manera que pudiera merecer mi propio respeto. Y, en ocasiones, me he fallado. No estoy diciendo que se pueda ir por ahí sin cometer un error, sin fracasar alguna vez. Pero esos son mis errores y me siguen torturando.

¿Ha vuelto a leer el libro desde que lo terminó?

Todavía no. Cuando termino un libro, lo que más me apetece es huir en sentido opuesto. Cuando lo empiezo, siempre tengo el mismo sentimiento, un extraordinario entusiasmo y optimismo. Estoy convencido de que será lo mejor que he escrito, con gran diferencia. Pero al llegar al final siempre me siento increíblemente decepcionado. ¿Todo este trabajo sólo para esto? ¿Tantos esfuerzos durante meses y meses para escribir sólo algo así?

Debe ser la frustración que implica su oficio.

Debe ser eso, porque siempre me he sentido así. Incluso con mis libros más celebrados. Nunca me he sentido exultante al terminarlos. Y la única vez que me pasó, duró poquísimo

¿Cuándo sucedió?

Fue al acabar La música del azar, en 1989. Me encontraba en mi casa de Vermont con mi mujer y mi hija Sophie. Al escribir las últimas líneas del libro, salí al porche a fumarme un puro con un enorme sentimiento de satisfacción. Me dije: “Oh, cielos. Este será un gran libro. Por fin he escrito algo de lo que estoy plenamente orgulloso. Después de todo, puede que sí que sea un genio” [risas]. Sophie, que ahora tiene 24 años y es una mujer bellísima, entonces tenía sólo 2 y se pasaba el verano corriendo desnuda. Mi hija interrumpió mis delirios de grandeza y me dijo: “Mira, papá, mira lo que hago”. Estaba defecando en medio del porche. Lo primero que tuve que hacer, tras creerme un genio, fue recoger lo que había dejado allí. Así que gracias, Sophie, por ponerme en mi lugar. Siempre he interpretado lo que hizo como una forma de crítica literaria [risas].

¿Ha mandado Diario de invierno’ a las personas de las que habla?

Pues no. ¿Cree que se lo tendría que haber mandado a alguien en particular?

A su exmujer, por ejemplo, la escritora Lydia Davis. ¿Cree que se molestará cuando lea lo que ha escrito sobre ella?

No digo nada malo sobre ella. De verdad que no. Lo único que digo es que no nos tendríamos que haber casado, pero estoy seguro de que ella no se opondrá a esta afirmación [risas]. La verdad es que hoy tenemos una relación bastante buena. Espero que le apetezca leer este libro y estoy bastante convencido de que, cuando lo haga, no se enfadará. Las únicas personas con las que estoy enfadado y que podrían enfadarse son desconocidos o ya están muertos.

De una manera u otra, usted aparece en casi todos sus libros. ¿No es toda su obra autobiográfica?

Hay mucha autobiografía en todo lo que he escrito, aunque en grados diferentes. No creo en eso que dicen algunos autores, que sus libros de ficción son tan autobiográficos que hablan directamente de su vida. Yo no estoy de acuerdo. Por ejemplo, este libro es mil veces más autobiográfico que El palacio de la luna, donde me lo inventé todo de principio a fin. Dicho esto, todo autor roba cosas de su propia vida. Me parece natural. A veces utilizo un alter ego, como Peter Aaron en Leviatán, casado con una tal Iris, que es como Siri [Hustvedt, su esposa] al revés. Mis personajes comparten algunas cualidades conmigo, pero nada más.

Se define como poco partidario de “las alteraciones fantásticas de la realidad”. ¿No cree que su literatura se podría definir así?

Me refería más bien a la vida diaria. Quiero decir, que no sufro desvaríos ni veo espejismos. Miro hacia ahí [señala la estantería] y sólo veo libros, nada más. Nunca he tenido alucinación alguna, tal vez porque nunca he tomado drogas. En cambio, he tomado mucho alcohol, créame. Y he fumado muchos cigarros. Se podría llenar esta habitación entera. O incluso la casa entera.

¿Por qué se marchó a París durante los setenta?

Necesitaba escapar de Nueva York. Estaba harto del clima provocado por la guerra de Vietnam. Estaba muy involucrado en la vida política y no estaba escribiendo demasiado, así que me pareció positivo marcharme a Europa unos meses. Acabaron siendo tres años y medio. Conocer otra cultura me dio una muy buena perspectiva respecto a mi país. Francia no es África, pero los franceses viven la vida de una manera muy distinta. La cultura francesa es muy partidaria del enfrentamiento, de la confrontación. En París conocí a algunas de las personas más malvadas que me he encontrado en la vida, pero también a algunas de las más generosas. A Samuel Beckett, por ejemplo.

¿Es cierto, como escribe en Diario de invierno’, que al despertar se pregunta cuántas mañanas le deben quedar por delante?

Claro que es verdad. Hace muchos años que me hago esta pregunta. El reloj avanza sin demora y, matemáticamente, mis posibilidades se reducen. Si dividimos la existencia en cuatro estaciones, he entrado en el invierno de mi vida. Me acerco al final de mi vida.

¿Diría que lo mejor de su vida ya ha pasado?

Espero que no. Todo el mundo quiere ser joven, pero en realidad es uno de los momentos más duros de la vida. En cambio, la madurez no está especialmente idealizada, aunque sea el momento en que los maestros se convierten en maestros.

¿Y, por último, diría que ya ha escrito su mejor obra?

Espero que no sea así, pero ya lo veremos. Durante muchos años siempre tuve claro cuál sería mi próximo libro. Pero desde hace siete años, desde Brooklyn Follies, trabajo sin saber exactamente lo que haré a continuación. Los cajones están vacíos. Ahora escribo a más velocidad y mi concentración es mayor, pero también estoy más perdido que antes. Tal vez llegará un momento en el que no tenga ninguna idea más.

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