Fernando Arrabal en su Jardín de las Delicias

Fernando Arrabal

Llegar a Málaga, sin posibilidad de siesta (“me siento como un inconfortable pero excitado”), habiendo aterrizado recientemente de Corea. Soltar las maletas en el hotel, salir a la calle, adentrarse en un parque buscar una estatua de Jorge Guillén para arrodillarse ante el árbol más cercano. No encontrarla, ni la estatua ni ese árbol. Volver al hotel, coger el teléfono, acceder a una entrevista sobre la realidad, cosa que cada vez parece interesarle menos al dramaturgo. “Arrabal, baja de tu estrella”, se exige en un momento de la charla. No es que se le pregunte nada raro ni complejo durante el transcurso de la conversación, apenas unas nociones sobre lo que ha ido a hacer a Málaga, ciudad a la que llegó “inquieto por mi longevidad” y en la que se presenta un montaje de su obra El jardín de las delicias este fin de semana, además de una conferencia. Pero él no está dispuesto a pasar por el aro.

Señor Arrabal, que dice la nota de prensa que usted va a hablar del hecho teatral en Málaga:
– Ah, eso me gustaría hacerlo, porque como una conferencia es como un poema, como una novela, es decir, como la vida, a lo mejor hablando llego a tener luces sobre algo tan difícil de comprender y tan inaccesible como es el teatro. El teatro que es bestial hoy, brutal.

– ¿Cuando dice que el teatro es brutal le está echando un piropo?
– Está en un momento muy intratable. El teatro es como la cultura y la cultura como el poder, que ya no tiene sexo y que se comunica con burka. Esto no es de hoy, lo dijo Platón.

Desde aquí ya no hay preguntas y son todo disertaciones, improvisadas algunas, otras marca de la casa. Él lo niega, no hay guión a su juicio: “Siempre actúo dejando que la improvisación se ejerza con golpes de teatro. No sé lo que va a ocurrir en Málaga ni lo que se espera de mí, si es que alguien sabe quién soy yo“.

En cada uno de sus encuentros con un entrevistador Arrabal impone su propio cuestionario. Empieza siempre hablando de esto que comenta, de lo sumamente desconocido que es en España, donde paradójicamente se siente muy querido, e insiste en repetir quién es. A saber, el superviviente de los cuatro avatares de la modernidad, “no el mejor ni el peor”, el vivo y, por ello, el obligado a explicar las genialidades de sus colegas por todo el mundo. Porque él, recuerda una vez más, jugó al ajedrez con Tristan Tzara, entre otras hazañas:

– Soy un soldado desconocido, estamos en una época maravillosa en la que yo soy el único soldado desconocido, ahora se dan cuenta que soy el chivo expiatorio español. Por eso Fraga me metió en la cárcel y luchó para que me quedara allí, porque tenía una gran admiración por mí y pensaba que yo era el diablo, que subía a caballo devorando a las mujeres españolas llenas de azúcar.

Remacha el discurso sobre Fraga con un “que dios lo tenga en su gloria” y aún añade: “Yo no lo conocí, quizá hubiera sido bueno para mí si le hubieran hecho caso y me hubieran dejado en la cárcel, cosa que mis pulmones de tuberculoso no habrían soportado”. Y cambio de tercio, de Fraga pasa a las circunstancias familiares, “me devoran, me devoran”, a los hitos de su biografía: ser superdotado, haberle escrito la carta famosa a Franco… “es que soy como un rinoceronte que cantara”.

Luego se excusa Arrabal, “no puedo decir cosas interesantes, soy como un cíclope ciego, difícil de distinguir de los tuertos”. Hagamos un esfuerzo y volvamos al teatro:

– El hecho teatral muestra los modos de vivir que se ponen poco a poco de moda y cuando se pasan resucitan los modos de vivir. La moda de ahora es ser lo que soy yo, la samaritana. La que dice que Dios no me ha dado nada y por tanto no me puede quitar nada ya. Hablo en el mundo brillante de triunfos y de triunfos. Yo tengo el don de lágrimas, de poder llorar todas las lágrimas de mi cuerpo, como Atila, que cuando dejó de ser maricón llamó a una mujer llorando y luego se murió. Todo está sin retorno, ¡amooooor, amor!

Esto último el autor lo canta. Se felicita, felicita a su voz y luego se entristece:
– Estoy siempre en la penumbra, intentando encontrar reverberaciones, en lo único que soy explosivo es en el amor, porque es como si pusiera en peligro al mundo y a la vida. Usted me odia, ¿verdad?

– ¿Por qué dice eso?
– Porque la complejidad de todo lo que me pregunta cambia la naturaleza.
– No le he preguntado nada.
– Mis previsiones parecen racionales. Soy puro dilema.

Segundo acto de una no entrevista. Arrabal, que define el mundo como “miope y rotatorio”, coge el toro por los cuernos y se decide a hablar de lo suyo. Vengan los avatares:

– El avatar que nosotros creamos puso el dedo en la llaga en la confusión de la que habla el español Vega, el amigo de Spinoza, que en Ámsterdam escribió Confusión de las confusiones. El primer hombre fue el ombligo del hombre, pero sin ombligo. Si me viera vería que tengo una sonrisa de orquídea, porque tengo algo de cigüeña que viaja continuamente haciendo elogio de los sedentarios. ¿Por qué viajo? Porque ellos, los otros avatares, murieron. Cuando buscan a un escritor de vanguardia echan mano de mí; cuando buscan un emigrante y desterrado, lo mismo. Como ya no están Picasso ni Dalí, me llaman a mí. Quieren un dadaísta, a mí también, porque Tzara, con el que como le digo yo jugaba al ajedrez, también murió. Si tuviera un poder ilimitado lo primero que haría sería disminuir las hojas muertas, porque me hacen demasiadas sombras.

De pronto, un cambio de tercio, se acuerda de Stalin, de un Stalin enamorado, del estadista más culto que tuvo el siglo XX, y pasea un poco por la política, una breve alusión a Corea, a “los picnics en campaña” y a los viajes en el tiempo que nos permitirán ver al abuelo del nuevo presidente, y ofrece una predicción:

– Nos daremos cuenta de que todos somos vagabundos a causa de nuestras quimeras. La quimera tengo la impresión de que es como una fiera que está realizando maniobras como Prometeo para crear el hombre nuevo. Por eso tengo tantos problemas de estar con los que triunfan políticamente. Ahora me gustaría tener una moto para decirles a estos que piensan en el porvenir que el porvenir ¡ya! ¡ya! Cuando llego a Málaga o a cualquier ciudad y veo los periódicos llenos de estadísticas… son un sueño del deseo, ahí repitiéndolas día y noche para hacer creer ¿qué? ¿qué? En España hay políticos que son muy guapos, había un ministro de Economía, un gordito guapísimo, con el pelo blanco, pero ya no está.

– ¿Qué otros políticos le parecen guapos?
– Yo no tengo tiempo, señorita. Se ha terminado el periodo del oscurantismo. Ahora estamos en la época de las mistificaciones luminosas. Yo he conocido superdotados, incluso a mí mismo, pero todos los superdotados menos yo querían ser ministros o nada, y hoy han conseguido las dos cosas. Yo quise casar a Rubalcaba y la señora Esperanza Aguirre un día que me dieron un premio. Estaban en la puerta y veo a dos personas, muy guapas las dos y hablando tan bien… Y les dije, ¡pero ustedes son novios! Y entonces Rubalcaba dijo: “Ah, desgraciadamente no es así”. Ella se rió. Lo más lógico hubiera sido que hubiera cruzado tras ellos un elefante, que se hubiera cortado la trompa al sentirse celoso de su propia cola.

De la política deja de hablar cuando habla de los reyes. Empieza con unos y acaba con los magos, en los que dejó de creer a los tres años porque ellos habían dejado de creer antes en él. Con la Virgen le pasó lo mismo, se le apareció un día en Valencia, el más hermoso de su vida, pero luego dejó de creer en ella:

– Si lo hubiera contado tal vez Fraga me hubiera sacado de la cárcel. Hay que ser ciego para no ver cómo la vi y me amó durante un instante. Ahora que soy desgraciadamente agnóstico, le pido que me despierte, como por ejemplo lo ha hecho esta mañana antes de venir a Málaga. No se venga del hecho de que ya yo no crea en ella. Para ella soy como un erizo de mar que volara. Habría que meter en la cárcel a los españoles que no creen en la Virgen María. ¡Cómo se puede estar satisfecho sin creer! La virgen le está haciendo regalos a todo el mundo, con ella reinvento la soledad.

Un momento, elefantes que se le aparecen a Rubalcaba y a Aguirre, erizos voladores, jirafas, hojas muertas. Arrabal ha estado hablando todo el tiempo de la obra que el viernes se presenta en Málaga, El jardín de las delicias. Antes de que se baje el telón, lo aclara:

– Todos los jardines llevan al estudio de lo innombrable, es decir, del amor. Me gustaría vivir como una golondrina para poderle solicitarle a usted como si fuera un cuervo. ¿Me amaría usted si no fuera un cuervo, señorita? Usted querría que yo me pusiera a favor de la inmensa mayoría y yo soy parte de una minoría que tiene un solo miembro, la arrabalesca, y lo voy a echar. Tenga cuidado, porque lo kitsch conduce al crimen.

MARTA CABALLERO – EL CULTURAL.ES

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