Homenaje a Raúl Gómez Jattin

Homenaje realizado por la emisora HJCK de Bogotá por el cumplimiento de diez años de la muerte del poeta Raúl Gómez Jattin.

En esta parte están incluídas algunas lecturas de poemas por el propio Raúl, la canción que su amiga Beatriz Castaño realizó basándose en el poema Si Las Nubes No Anticipan…, y el testimonio de Juan Gossaín, quien compartió con él sus años en el colegio.

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Raúl Gómez Jattin había nacido en Cartagena, el 31 de mayo de 1945, aunque todo el mundo lo tiene por cereteano, porque de ahí, de Cereté, en el Córdoba, junto al río Sinú, era su familia y allí pasó su infancia.

Su padre fue Joaquín Pablo Gómez Reynero. Su madre, Lola Jattin, nacida en Colombia de padre libanés y madre siria. Raúl Gómez Jattin fue educado en varias poblaciones de la costa norte colombiana.

Llegó a Bogotá en 1965 a estudiar Derecho en la Universidad Externado de Colombia. Era un muchacho de provincias tímido, respetuoso, inteligente y buen estudiante. Pero sin vocación: sabía que el Derecho no era lo suyo y lo estudiaba por imposición paterna. En el teatro, tan en boga en la universidad por esos años, encontró su sitio. Entró pronto a trabajar con el Grupo de Teatro Experimental de su universidad, bajo la dirección de Carlos José Reyes, y participó durante años en un montaje tras otro.

Quienes tuvieron oportunidad de verlo actuar lo recuerdan como un excelente actor, muchos dicen que de los mejores que tenía el país. Un actor inmenso con vozarrón grave y profundo y ademán aristocrático que vivía para el teatro y parecía destinado a no hacer otra cosa.

Hasta que, alrededor del 72, presentó en el Festival de Manizales un montaje propio, Las nupcias de su excelencia, que el público recibió con una tremenda pitada, dicen que porque no representaba lo que los grupos comunistas del momento esperaban de una obra de teatro. Porque Raúl despreciaba el teatro panfletario: si el arte se vuelve propaganda, decía, pierde todo su valor. A él, que era orgulloso, que le silbaran en su primer montaje lo hundió; y salió huyendo. Dejó todo atrás y se volvió Cereté, a vivir en un terrenito que había comprado su padre muy cerca de la casa familiar y al que puso por nombre Mozambique, como las canciones de Bob Dylan y de sus admirados Richie Ray y Bobby Cruz.

Aunque regresó todavía a Bogotá y siguió haciendo teatro, no volvió nunca a escribir otra obra y se limitó a hacer adaptaciones. Muchos recuerdan aún su montaje de Los Acarnienses, una selección de algunos pedazos del texto de Aristófanes. El estudio a fondo de la pieza derivó en una obsesión por la cultura griega que le duraría toda la vida y que, con el tiempo, marcará su poesía.

Fue en Cereté, durante uno de esos continuos ires y venires a lo largo de los últimos 70s, cuando comenzó su locura, esos ataques que le daban de tanto en vez y que lo fueron metiendo en una vorágine de hospitales, drogas psiquiátricas e idas y vueltas de la normalidad a la locura.

Esa locura de Raúl era locura de enfermo. No se volvió loco por las drogas ni por su vida excesiva. Era loco porque era loco, por esas cosas de la vida que lo enferman a uno y contra las que no hay casi qué hacer.

Y como Raúl era excesivo en todo, fue excesivo también en su locura. Los ataques que le daban eran tremebundos, asustadores, frenéticos. Cuentan los amigos que en esos momentos se volvía intratable, insoportable, inaguantable. Que no veían la hora de devolverlo para Cereté o de mandarlo para un psiquiátrico. Hospitales conoció muchos, aunque a menudo los directores se empeñaban en darle el alta, quién sabe si porque no terminaban de verle la locura o por quitárselo de encima. Él sabía también cómo manipular el mundo a su gusto con el cuento de que era loco.

Fue ahí, en esos años de vuelta en Cereté, cuando empezó también a escribir poesía. Poema tras poema que guardaba o que enviaba a los amigos sin más pretensiones. Hasta que uno de ellos, el más cercano toda su vida, se dio cuenta de que esos poemas de Raúl eran buenos y merecían ser publicados. Él mismo se encargó de la edición. Ese libro, el primero de Raúl Gómez Jattin, Poemas (1980), es hoy casi inencontrable.

Años después vendrá Tríptico ceretano (1988), la trilogía integrada por Retratos, Amanecer en el valle del Sinú y Del Amor, la cumbre de su obra. Ahí están algunos de los temas más escabrosos, tal vez los que más lo identifican entre quienes apenas lo conocen: drogas, amores prohibidos, escarceos de niño con empleadas domésticas rebosantes de lujuria, iniciaciones zoofílicas con terneras, con gallinas…

Pero están también la amistad, los recuerdos de infancia, el amor descrito en ocasiones con belleza conmovedora:

“Dibujo tu perfil del faro a las murallas/ Luz de alucinación son tus ojos de hierro/ El mar salta en las piedras y mi alma se equivoca/ El sol se hunde en el agua y el agua es puro fuego/ Eres casi de sueño. Eres casi de piedra con el vaivén del tiempo”

En 1989 publicará Hijos del tiempo, una obra madura, más serena que el Tríptico, donde el protagonista ya no es él mismo sino otros: Micerino, Teseo, Medea, Homero, Penélope y Odiseo, Scherezada, Li-Po, El rey moro, Moctezuma, El cacique Zenú.  Uno siente como si esos poemas sin Raúl no fueran suyos. Aunque ahí está el estremecedor poema final a su madre, Lola Jattin, que recupera la belleza y la fuerza de los mejores del Tríptico.

La edición en 1994 de la antología Poesía 1980-1989, que recoge buena parte de sus tres primeros libros, lo dio a conocer a un público amplio. Es una antología de autor, que incluye sólo los poemas que Raúl quiso y que hasta cambia algunos.

Su última publicación, Tríptico (1995), ya no es, en cambio, un buen libro: esos poemas de manicomio y encierro apenas merecen la pena.

A Raúl lo recuerdan los amigos como un hombre elegante, de maneras aristocráticas, digno, culto, siempre cantando a Serrat y hablando de los griegos, preocupado por ser bien visto y porque se apreciara su poesía. Un hombre que sabía de su condición de enfermo y de drogadicto y que quería curarse.

Murió el 22 de mayo de 1997 en Cartagena de Indias. Muchos dijeron que se había suicidado, que se había “mandado” a una buseta. Pero no, Raúl no se habría suicidado. Tirarse a una buseta no sería propio de sus maneras aristocráticas. Y era, además, un hombre cobardón. Debió de ser un accidente, un atropello a esas horas de la mañana en que los buses bajan a todo meter por la cuesta de la India Catalina. Nadie quiso decir nada y así quedaron las cosas. Pero no, los amigos saben muy bien que Raúl no se habría suicidado, que Raúl no se suicidó. Pocos años antes de morir Gómez Jattin aceptó abiertamente su homosexualidad.

Cuando apenas era todavía conocido, en 1983, el gran poeta Jaime Jaramillo Escobar le escribió en una carta lo que sigue siendo el mejor homenaje que se ha hecho a Raúl, “eres el viento, eres un potrillo, eres el río que arrasa, no limitas con nada, no tienes cuñados en el cielo, no tienes participación en la bolsa de valores, eres un bruto, eres Atila, eres el mismísimo Adán, Dios en persona completamente loco deshojando los bosques y tirando las hojas al aire, eres el ciclón, la barriga pelada, el escándalo furioso, todo lo que yo no soy ni hay aquí poeta que lo sea, eres el fauno, el unicornio, el centauro, el volcán, eres el putas…”

 

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